Zumbipedia · Desde el Colmenar™

La Colmena de Teo empezó siendo una idea mía.

No había empresa, equipo ni grandes planes. Había curiosidad, ganas de aprender, unas primeras abejas y esa sensación difícil de explicar de haber encontrado algo que quería seguir haciendo.

Lo que entonces no podía imaginar era que, con los años, aquella idea no solo iba a crecer.

También iba a meterse poco a poco en nuestra familia.

Mi padre Antonio, mi madre Reme, mi hermana Flor, Pili y yo.

Cada uno de una manera distinta. En momentos diferentes. Con trabajos diferentes.

Y mirando atrás me doy cuenta de que, mientras nosotros intentábamos construir La Colmena de Teo, La Colmena de Teo también estaba construyendo algo entre nosotros.

Desde el Colmenar™ · Historias, decisiones y aprendizajes de un proyecto que sigue creciendo alrededor de las abejas.

Una idea puede empezar siendo de uno y terminar siendo de muchos

Cuando empiezas algo por curiosidad no piensas demasiado en hasta dónde llegará.

Quieres aprender.

Quieres probar.

Quieres saber si aquello que te ronda la cabeza funciona de verdad.

Así empezó todo para mí.

Después vinieron las colmenas, los errores, los kilómetros, las floraciones, las primeras cosechas, las primeras ventas y muchas cosas que jamás había imaginado cuando empecé.

La historia de cómo nació La Colmena de Teo ya la hemos contado.

Pero hay otra historia que cuesta más resumir porque no ocurrió un día concreto.

Fue pasando poco a poco.

La apicultura dejó de ser solamente algo que yo hacía y empezó a crear momentos, decisiones y responsabilidades compartidas con las personas que tenía alrededor.

Y un proyecto que había nacido de una inquietud personal terminó convirtiéndose en algo que también formaba parte de nuestra vida familiar.

Mi padre dejó de acompañarme para formar parte del camino

Con mi padre, Antonio, probablemente sea donde más fácil resulta ver esa evolución.

Al principio estaba mi interés por las abejas.

Después empezamos a compartir colmenar, desplazamientos, trabajos y decisiones.

Y llega un momento en el que ya no sabes muy bien dónde termina aquello de “me acompaña” y empieza simplemente el “vamos”.

Vamos a ver las colmenas.

Vamos a moverlas.

Vamos a comprobar cómo viene aquello.

Vamos a hacer esto.

Vamos a probar lo otro.

Ese plural parece una tontería.

No lo es.

Trabajar codo con codo durante años crea una relación diferente. Compartes muchas horas en las que unas veces se habla de abejas y otras de cualquier cosa menos de abejas.

Hay días buenos.

Hay cansancio.

Hay decisiones en las que estamos de acuerdo y otras que hay que discutir un poco más.

Y hay algo que para mí tiene muchísimo valor: seguir teniendo cosas nuevas que aprender juntos.

En una familia no todo el trabajo ocurre delante de una colmena

Una de las cosas que he aprendido con el tiempo es que sería bastante injusto medir un proyecto únicamente por quién aparece trabajando delante de una cámara o levantando una caja de abejas.

Detrás hay mucho más.

Hay personas que ayudan.

Personas que escuchan.

Personas a las que les cuentas una idea que todavía no sabes si es brillante o una barbaridad.

Personas que te dan su opinión cuando tienes que decidir.

Personas que están cuando algo sale bien y, sobre todo, cuando no sale como esperabas.

Por eso, cuando pienso en mi madre Reme, en mi hermana Flor o en Pili, no siento que tenga sentido reducir lo que cada una significa para este proyecto a una lista de tareas.

Una familia no funciona como un organigrama.

Cada uno ocupa su sitio de una manera diferente y ese sitio también va cambiando conforme cambia el proyecto.

Y La Colmena de Teo ha cambiado mucho.

Trabajar juntos también significa aprender a decidir juntos

Cuando un proyecto crece, las decisiones dejan de ser pequeñas.

Hay que elegir dónde poner tiempo.

Dónde poner dinero.

Qué merece la pena intentar.

Qué idea todavía no está preparada.

Cuándo apostar.

Cuándo frenar.

Y cuándo reconocer que algo que parecía estupendo no ha funcionado.

Tomar esas decisiones con personas cercanas tiene una ventaja enorme: existe confianza.

Pero precisamente porque existe confianza también puedes decir las cosas como son.

No siempre tenemos que pensar igual.

De hecho, probablemente sería malo que lo hiciéramos.

Trabajar en familia también consiste en escuchar una opinión que no era la que esperabas, explicar la tuya, discutir una idea, cambiar de criterio alguna vez y encontrar la manera de seguir avanzando juntos.

Con el tiempo, eso también se aprende.

Un proyecto vivo también se equivoca

No quiero contar esta historia como si La Colmena de Teo hubiera seguido un plan perfecto desde el primer día.

No sería verdad.

Nos hemos equivocado.

Hemos tomado decisiones que después hemos cambiado.

Hemos probado cosas que han funcionado y otras que no.

Hemos tenido campañas mejores y peores.

Hemos apostado.

Hemos corrido riesgos.

Y hemos aprendido.

Para mí, precisamente ahí está una de las cosas que convierten La Colmena de Teo en un proyecto real.

No está terminado.

Está vivo.

Evoluciona con nosotros.

Y nosotros evolucionamos con él.

Esa forma de aceptar que nunca sabes todo, observar lo que está ocurriendo y corregir cuando es necesario también está muy presente en nuestra manera de trabajar con las abejas.

Quizá por eso cada vez me cuesta más separar una cosa de la otra.

Las abejas nos han obligado muchas veces a trabajar en equipo

Hay trabajos que una persona puede hacer sola.

Y hay otros en los que agradeces muchísimo tener unas manos conocidas al lado.

La apicultura te coloca muchas veces en esa segunda situación.

Hay cosas que preparar, mover, decidir, revisar o resolver.

Y cuando llevas años haciéndolo con las mismas personas se crea una forma de entenderse que cuesta explicar.

A veces hacen falta muchas palabras.

Otras, prácticamente ninguna.

Supongo que ahí también hay algo que aprender de una colmena.

No porque una familia tenga que funcionar como las abejas —por suerte en casa no tenemos reina y nadie pretende poner 2.000 huevos diarios—, sino porque cualquier proyecto que quiera durar termina necesitando algo parecido:

personas diferentes capaces de trabajar en una misma dirección.

También hemos aprendido cosas que no tienen demasiado que ver con la miel

Durante todos estos años he aprendido muchísimo sobre abejas.

Pero sería quedarme corto si dijera que eso es todo lo que me ha dado la apicultura.

También me ha enseñado a tener paciencia.

A asumir que una decisión puede salir mal.

A escuchar a alguien que ve algo que yo no estaba viendo.

A pedir ayuda.

A cambiar de opinión.

A entender que tener razón importa bastante menos que conseguir que algo funcione bien.

Y a valorar las horas compartidas de una manera que seguramente no habría hecho si aquel día no hubiera empezado esta historia.

Porque los proyectos suelen medirse en ventas, crecimiento, productos o resultados.

Y está bien.

También nosotros tenemos que preocuparnos por todo eso.

Pero hay resultados que no caben demasiado bien en una hoja de cálculo.

Hay cosas que ningún balance sabe medir

No existe una casilla para las horas que has pasado con tu padre camino de un colmenar.

Ni para una conversación que empezó hablando de abejas y terminó hablando de la vida.

No hay un indicador que mida lo que significa poder pedir una opinión sabiendo que te la van a dar de verdad.

Ni el valor de tener cerca a personas que conocen el proyecto desde dentro y saben lo que ha costado llegar hasta aquí.

Tampoco hay una métrica para los recuerdos.

Y, sin embargo, cuando pasan los años, muchas veces son precisamente esas cosas las que más pesan.

La miel se vende.

Una campaña termina.

Una feria se desmonta.

Un pedido sale por la puerta.

Pero las experiencias que hemos ido acumulando juntos se quedan.

La Colmena de Teo no sería la misma sin ellos

La cara de La Colmena de Teo muchas veces soy yo.

Es lógico.

El proyecto lleva mi nombre y soy quien aparece contando gran parte de lo que hacemos.

Pero una cosa es ser la cara visible y otra bastante distinta creer que todo lo que existe detrás lo ha construido una sola persona.

No sería justo.

Mi padre Antonio.

Mi madre Reme.

Mi hermana Flor.

Pili.

Cada uno forma parte de esta historia de una manera diferente.

Y no necesito convertirlos en personajes perfectos ni escribir que siempre estamos de acuerdo para reconocer algo que para mí es mucho más importante:

han estado.

Han estado mientras una idea pequeña se convertía poco a poco en algo real.

Y siguen estando mientras intentamos descubrir qué será lo siguiente.

Quizá esa sea una de las mayores suertes que me ha dado la apicultura

La Colmena de Teo empezó siendo una idea.

Con el tiempo se convirtió en colmenas, cosechas, productos, kilómetros, cajas, ferias, clientes, problemas, decisiones y muchas horas de trabajo.

Se convirtió en un proyecto real.

Un proyecto que evoluciona.

Que se equivoca.

Que aprende.

Que prueba.

Que apuesta.

Que algunas veces acierta y otras tiene que volver a empezar.

Pero mientras intentábamos construir todo eso ocurrió algo que nunca estuvo escrito en ningún plan.

También acumulamos tiempo juntos.

Aprendizajes compartidos.

Decisiones tomadas codo con codo.

Días estupendos y días bastante más puñeteros.

Recuerdos.

Y la sensación de que, mientras nosotros hacíamos crecer el proyecto, el proyecto también estaba reforzando algo entre nosotros.

Trabajar en lo que me gusta, con las personas que me gustan

No sé dónde estará La Colmena de Teo dentro de diez años.

Espero que bastante más lejos que ahora.

Seguramente habremos cambiado muchas cosas.

Nos habremos equivocado unas cuantas veces más.

Habremos aprendido otras tantas.

Y espero que sigamos teniendo nuevas ideas que nos obliguen a preguntarnos si estamos un poco locos antes de probarlas.

Pero hay algo del presente que intento no dar por hecho.

Tengo la suerte de trabajar en algo que me gusta.

Eso ya es mucho.

Y además puedo hacerlo rodeado de algunas de las personas que más quiero.

Eso es muchísimo más.

La Colmena de Teo nació de una idea.

Durante años nosotros hemos intentado convertirla en un proyecto.

Y, casi sin darnos cuenta, el proyecto también nos ha ayudado a estar más cerca.

Quizá esa sea una de las mejores cosas que nos han dado las abejas.

Teo · La Colmena de Teo
Desde el Colmenar™

Preguntas frecuentes sobre apicultura familiar

¿La Colmena de Teo es un proyecto familiar?

Sí. La Colmena de Teo nació de una iniciativa personal de Teo, pero con los años diferentes miembros de la familia han formado parte de su evolución y de la vida que existe alrededor del proyecto.

¿Qué aporta trabajar en familia en un proyecto apícola?

En nuestra experiencia aporta confianza, apoyo y una manera muy directa de compartir decisiones y aprendizajes. También obliga a escuchar, repartir responsabilidades y asumir que no siempre todos vemos las cosas de la misma manera.

¿Trabajar en familia significa estar siempre de acuerdo?

No. Para nosotros trabajar juntos también implica discutir ideas, escuchar opiniones diferentes, cambiar decisiones cuando es necesario y aprender a separar una diferencia de criterio del vínculo que existe detrás.

¿Qué ha aportado la apicultura a vuestra familia?

Además del propio proyecto, nos ha dado muchas horas compartidas, trabajo en equipo, aprendizaje y experiencias que probablemente no habríamos vivido juntos de otra manera. Con los años, eso se ha convertido en una parte importante de lo que significa La Colmena de Teo para nosotros.

Lo importante en una frase

La Colmena de Teo empezó siendo una idea personal y terminó convirtiéndose también en un lugar donde trabajar, aprender, equivocarnos y crecer juntos como familia.

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